
En enero de 2017, el reverendo Joseph Aba, de Sudán del Sur, fue elegido obispo de una nueva diócesis llamada Liwolo, justo al norte de la frontera con Uganda.
En cuestión de días, se encontró en medio de un peligro poco común para los obispos electos de la Iglesia Episcopal. Tres años después de que su pueblo votara por la independencia de Sudán en 2011, Sudán del Sur se sumió en una catastrófica guerra civil en la que murieron 400.000 personas. Joseph me contó su historia esta mañana en la Conferencia de Lambeth.
Cuando estallaron los enfrentamientos locales en enero de ese año, en los que participaron fuerzas gubernamentales y tribales, invitó a los comandantes a reunirse con él. «Les hice tres preguntas», dijo. «¿Eligieron la familia en la que nacieron? ¿Eligieron su tribu? Si no, ¿por qué se matan entre ustedes por decisiones que no tomaron?».
Mantuvo la conversación mientras la guerra civil se prolongaba, manteniéndose neutral en materia política y, sin embargo, sin dudar jamás en proclamar la unidad de Cristo como ejemplo de unidad nacional que trasciende las diferencias de origen y fe. Admirando su intervención que salvó vidas, el gobierno local lo ha invitado a trabajar en la reconciliación a nivel regional e internacional.
Esta mañana en Lambeth, nuestra charla plenaria giró precisamente en torno a la reconciliación, que, para empezar, requiere confianza. Como ejercicio de confianza, uno de los oradores nos invitó a regalar nuestra cruz pectoral a un amigo y a aceptar la suya a cambio durante el programa de la mañana. Fue una bendición ver a un verdadero pacificador cristiano llevando mi cruz. José no la tenía consigo, así que me dio su placa con su nombre.
Como era de esperar, el suyo era el que corría mayor riesgo. Yo no necesito mi cruz para entrar al cielo. Él necesitaba recuperar su insignia para poder entrar al comedor.